El desastre de Bogotá
17.06.2011 15:41Enrique Santos Molano
Tal como está hoy, Bogotá tiene la apariencia de un desastre descomunal. Han sido destruidos por la piqueta contratista la Avenida 26, el Centro Internacional, el Parque de la Independencia y la zona de San Martín. En la Avenida 26, los dueños de la piqueta piden 51.000 millones más para continuar (no terminar) los trabajos. Los andenes en las calles 92 y 94 llevan más de dos años en construcción y se ven abandonados a medio hacer. Los que fueron concluidos en otras avenidas no sirvieron. No se les hizo la red de servicios y tendrán que romperse otra vez. Se perderán los veinte mil y pico de millones invertidos en ellos.
La carrera décima no da trazas de estar lista este año. El bello puente de la calle 100, tan alabado por todos, no solucionó allí los trancones. Siguen igual. ¿Habrá valido la pena gastar treinta y siete mil millones de pesos solo para adornar la ciudad con un lindo puente inútil? La red de semáforos de Bogotá se quedará sin luz. Los contratistas que se comprometieron a sustituir bombillos no cumplieron con el plazo fijado y ahora piden más plazo. Ahí van otros seis mil millones embolatados. Si todo eso (para no mencionar otra chusquera de 'obras') no configura un desastre, ignoro que pueda serlo.
Salomón Kalmanovitz, en su columna de 'El Espectador' del pasado lunes 13, denuncia cómo la empresa Odinsa, del ex ministro contratista Luis Fernando Jaramillo, además de convertir El Dorado en un ordeñadero para su provecho particular, y de condenar la capital a sufrir un aeropuerto obsoleto y vergonzoso, destrozó el Parque de la Independencia o está a punto de destrozarlo. Para evitar lo cual los vecinos han interpuesto una acción popular. Respecto a Odiosa, dice el colega Kalmanovitz que "curiosamente , Odinsa declara una dirección en Bogotá que es un lote baldío, o sea que se trata de una empresa que tiene mucho que ocultar". Gravísima denuncia que amerita una pronta intervención de la Fiscalía o del ente al que le corresponda investigar, y si es del caso, sancionar este tipo de anomalías.
La pregunta que me sugiere la suerte desdichada corrida por la Avenida 26, por el Parque de la Independencia y por el Centro Internacional es: ¿hasta dónde tienen facultades los funcionarios, o determinados institutos como el IDU, para entrar a saco en el patrimonio urbanístico de la ciudad? ¿Quién los autoriza para cometer estos atropellos contra los ciudadanos? ¿No existe un Departamento de Planeación que diga, con firmeza de autoridad, esto se puede hacer, esto no? ¿El Concejo de Bogotá es un convidado de piedra, al que no le escuchamos ninguna protesta cuando los contratistas desalmados, con la bendición del Alcalde Mayor y del IDU, iniciaron la destrucción de la veintiséis, del Parque de la Independencia y del Centro Internacional?
Gustavo Petro destapó el gran chanchullo conocido como "Carrusel de Contratos", y hay que agradecérselo; pero vuelvo a preguntar ¿dónde están los entes de control? ¿Para qué diablos sirve el Departamento, o Instituto, de Planeación del Distrito Capital, suponiendo que dicho Departamento existe?
Una de las causas del desastre que hoy padece Bogotá es el loco y desmedido afán de transmilenizarla a como dé lugar. No digo que este sistema de transporte urbano sea el causante del desastre, sino la causa. Los que entienden la diferencia saben a qué me refiero. El plan original de Transmilenio, trazado por la administración Peñalosa, contemplaba un juicioso estudio de troncales, cuya primera etapa, la Avenida Caracas, la ejecutó el propio Peñalosa, con el famoso y hasta hoy incurable defecto del fluido relleno y las losas chifladas. El alcalde Mockus zampó una troncal de Transmilenio por la Avenida Jiménez, no contemplada en el Plan de Peñalosa, aunque sin duda complementa la de la Caracas. El alcalde L. E. Garzón metió otra trocal de TM por la carrera treinta, tampoco incluida en el proyecto de Peñalosa, y en absoluto innecesaria, y de baja rentabilidad, comparada con su costo.
El mismo Garzón dejó firmados los contratos para las troncales fatídicas de la veintiséis y la décima, que, según lo advertí en esta columna cuando se anunció el firmazo de Garzón a los contratos, y lo acaban de confirmar los expertos, serán de rentabilidad menos cero por el reducido número de pasajeros que movilizarán. Se volvió a repetir la torpeza calculada del alcalde Mazuera Villegas, que fracturó el Parque de la Independencia por el puro interés de valorizar con la avenida veintiséis unas tierras urbanizables que poseía en los alrededores, como lo denunció en su momento el concejal Jorge Gaitán Cortés, quien demostró que la veintiséis, entre la tercera y la trece, no cumplía ningún objeto, dado que el tráfico vehicular por ese tramo siempre sería mínimo. Así quedó demostrado en la práctica.
Dentro de cuatro o cinco años escucharemos a los operadores del Transmilenio por la veintiséis quejarse a gritos porque están perdiendo dinero debido al bajo número de pasajeros. Entonces exigirán un subsidio (que lo pagaremos los contribuyentes) o le trasladarán el muerto al Distrito (y también tendremos que pagarlo los contribuyentes). Las dos troncales que de verdad necesita la capital, contempladas en el trazado de Peñalosa, la Avenida 68 y la Avenida Boyacá, han sido incomprensiblemente procrastinadas.
El suspendido alcalde Samuel Moreno se contagió de la transmilenitis y firmó alegremente el contrato del Transmilenio ligero por la Séptima. La intervención oportuna del Presidente de la República logró parar esa locura. La séptima, doctor Peñalosa, no aguanta un Transmilenio, ni ligero como el de Moreno, ni pesado como el que usted anuncia en EL TIEMPO, si es reelegido. El único transporte lógico para la Séptima es el tranvía que ha sugerido Carlos Fernando Galán.
En el reportaje con María Isabel Rueda al doctor Enrique Peñalosa, puse al leerlo toda mi buena voluntad para entusiasmarme con la candidatura del ex alcalde. Me acabó de desinflar. Al doctor Peñalosa de lo único que le gusta hablar es de Transmilenio. Lo cual se comprende. El doctor Peñalosa nunca monta en Transmilenio, no sufre los apretones que martirizan a los usuarios del Transmilleno, ni le han robado, entre estrujón y estrujón, el Blackberry, la cartera, el bolso, etc. Cumplo con el deber de decirle al doctor Peñalosa (probable ganador en octubre, según las encuestas) que Bogotá no necesita un alcalde con mentalidad de empresario de buses. Bogotá necesita un gran urbanista, con visión holística, por una parte, y por otra, la contraria. Es decir, que le preste tanta atención al todo como a las partes que lo componen, pues si estas no funcionan, aquel desaparece. Confundir una de las partes, el transporte, con el todo es el defecto capital del doctor Peñalosa, y de sus dos antecesores. De ahí el desastre casi apocalíptico que hoy vivimos en nuestra ciudad.
El doctor Peñalosa revela que, a diferencia de esta ingrata Bogotá, las grandes ciudades del mundo se lo pelean y suspiran porque vaya a salvarlas. La megalomanía es tan mala consejera como la soberbia.
Fuente: www.eltiempo.com
https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/enriquesantosmolano/el-desastre-de-bogota_9646505-4
—————